El silencio y la calma nos permiten pensar.
Me encuentro en un punto de inflexión. En los últimos años, la vida (y mis decisiones) me llevaron por caminos de trabajo intenso, alienado, sujeto a destinar horas de vida, teniendo responsabilidades y un ritmo vertiginoso que me desconectó de mí y de todo aquello que, alguna vez, había sido parte esencial de mi ser, de lo cotidiano, sentirme plena y útil más allá de solo conseguir las metas de productividad, que se veían reflejadas en mi bono( muchas veces no). El proceso de titulación, ese que tantas veces había pospuesto por falta de tiempo, energía y asesoramiento ha comenzado a asomarse como una de las metas urgentes. Con el trabajo, las demandas externas y autoexigencias internas, había perdido de vista lo que realmente me motivaba, el sentido. Sin embargo, hoy estoy completamente decidida a recuperar el rumbo, ya comencé a retomar donde lo dejé.
El proceso de titulación, que parecía una tarea abrumadora, se presenta ahora como una oportunidad para retomar la disciplina y la perseverancia que habían sido parte de mi vida universitaria. Es cierto que han pasado algunos años desde que me gradué, el viaje de graduación , varios empleos enfocados en el ámbito que me apasiona, entre otras cuestiones; pero la urgencia de terminar lo que comencé es una meta que ha comenzado a tomar forma de nuevo. Es un acto simbólico, pero también práctico: cerrar un ciclo, validar el esfuerzo que dediqué a la carrera y proyectar el futuro que quiero continuar construyendo como profesional desde la psicólogo Clínica, la Educación y Promoción de la Salud Sexual. Hoy en día, la pausa permite reflexionar sobre la importancia de concluir lo que inicie, identificando la necesidad de cambio que implica recuperar otras áreas de mi vida que había abandonado. El deporte, que solía ser mi refugio y fuente de energía, había sido desplazado por el estrés laboral y las exigencias del día a día. Pero ahora, me doy cuenta de que el ejercicio no solo es físico, sino también mental y emocional. La sensación de estar en movimiento, de desafiar los límites de mi cuerpo y de mi mente, es para mí un acto de autocuidado esencial, un recordatorio de que mi bienestar no debe ser sacrificado en el altar de las responsabilidades, sino integrado a mi vida como un pilar fundamental.
Otro regalo que la pausa me ha ofrecido es el retorno a la lectura. En medio del torbellino de la vida cotidiana, había olvidado el placer profundo de sumergirme en un libro, de disfrutar de las historias ajenas y de encontrar inspiración en la palabra escrita. Ahora, con el tiempo más equilibrado, puedo permitirme disfrutar de la lectura de una forma lenta, consciente. Es un acto de reconexión conmigo misma, un espacio donde mis pensamientos fluyen sin prisa, donde puedo explorar nuevos horizontes y seguir aprendiendo. La lectura me recuerda que el conocimiento es un viaje continuo y que nunca es tarde para seguir creciendo.
Vivir de forma más lenta y consciente se ha vuelto una necesidad. En la vida no siempre hay que estar corriendo hacia algo( aunque amo correr como actividad física 🤭). A veces, es necesario frenar, mirar hacia adentro, tomar un respiro y permitirnos vivir el momento. Retomar el camino hacia mis metas no es un sprint, es un sendero que se recorre con calma, valorando lo pequeño, lo que antes no veía. Vivir más lento me ha permitido reconectar con lo que me mueve y me da sentido. Quitar expectativas y poner los pies en la tierra, hacer mi realidad algo tangible, real, incluso darle espacio a sentirme vulnerable, entendiendo que sí, nadie puede hacer por mí lo que a mí me corresponde, pero si me pueden respaldar, acompañar, ser soporte si yo sé los permito, expresando desde una mirada auto compasiva y amorosa, por ello siempre estaré agradecida con todxs los que lo hacen conmigo.
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